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Santa Compaña

Llegaba tarde al autobús. Se había retrasado haciendo las maletas, y el bus que iba hasta la estación de trenes salía en unas dos horas. Teniendo en cuenta que el camino hasta la estación le llevaba unas dos horas y media, era imposible que llegase a tiempo para coger el tren a Coruña. Sólo veía una solución, atravesar el bosque. No le hacía mucha gracia, porque ya eran casi las once de la noche y le daba un poco de miedo, aunque él no era supersticioso ni creía en fantasmas. Conocía muy bien la leyenda de la Santa Compaña, pero para él no era más que eso, una leyenda. Xosé Pazos, que iba a empezar a estudiar en la universidad, cargó con una mochila y salió de la casa donde vivía con sus padres.  

Moscas

De este relato no me gusta el final que le puse, pero lo dejo tal cual lo escribí. Moscas Su casa era inaccesible por los altos niveles de nieve, pero a él no le importaba. Ya estaba dentro, con la calefacción puesta, y no tenía necesidad de salir. Ya había completado su último trabajo, y ya había cobrado por ello. Porque Tomás Pereira era asesino a sueldo.  

El Hombre del Ojo de Cristal

La empresa en la que trabajaba su padre le había ofrecido un puesto de mayor responsabilidad y, por su puesto, salario. El nuevo destino se trataba de una ciudad pequeña y algo deprimente cuyo único atractivo era un fabuloso castillo, cuyo dueño era un misterioso personaje que rara vez se dejaba ver por las calles de la villa.  

El Cazador

El cazador miró detenidamente el camino que se adentraba en la espesura del bosque. Un poco más lejos, el camino desaparecía entre una espesa niebla. Detrás de él, los ansiosos aldeanos observaban con ojos aterrados tanto a la floresta como al hombre de hombros anchos que sostenía un rifle con ambas manos. Roberto García, el cazador, miró a los campesinos y esbozó una sonrisa casi imperceptible bajo su espesa barba. Vestía una raída chaqueta de lana, y dos tiras de cuero, una que partía del hombro derecho y la otra del izquierdo, se encontraban en el pecho. Tenían unos orificios por los que sobresalían el cilindro de plástico rojo de los cartuchos de la escopeta. Su atuendo estaba completo con unos pantalones de cuero marrón y unas gruesas botas de piel. Pero más que su aspecto, lo que asustaba a los aldeanos era el cruel y colérico carácter de Roberto. El cazador no era una buena persona. Para él, todos eran una molestia, tanto hombres como animales. Lo único con lo que parecía disfru...

Está usted aquí para siempre

Está usted aquí para siempre .  Las palabras resonaban en su cabeza con una insistencia insoportable. Mientras conducía de camino al trabajo, Rubén estudiaba la frase que había escuchado en una serie de dibujos animados mientras almorzaba en un bar, a unos quince minutos de su lugar de trabajo. Realmente se había convertido en una obsesión para él, pero sentía que aquellas palabras tenían mucho sentido. Al menos en su caso.

Esto no puede ser real

Os presento el que fue uno de mis primeros relatos de terror, y el único que fue plagiado, pero qué manera de plagiar, siendo copiado directamente de la fuente original hasta tres veces. Incluso uno de ellos cerró los comentarios de ese hilo de su sitio cuando le envié un comentario para decirlo que había copiado mi cuento de terror y que por lo menos hiciese mención de la autoría del relato. Y eso que al se ms primeros relatos cortos, sin contar con los que escribí a los 13 años o los del cole, tiene algunos errores narrativos. En fin, espero que os guste. Esto no puede ser real

El último ingenio del doctor Wettest

Apostado contra una roca, el científico observaba el enorme artefacto que tenía ante él. Semejaba una especie de medio de transporte, aunque los habitantes de la zona no habían visto en su vida una cosa como aquella. En realidad, no existía nada parecido en el mundo. Era obra de la invención del único e inconmensurable doctor Wettest. Junto a él, su ayudante Hugo le observaba con sincera devoción. El científico hizo caso omiso de la mirada fascinada de su asistente y repasó su cuaderno, como hacía siempre que iba a dar el paso final en la construcción de sus ingenios: la prueba final. Se encontraban al borde de un acantilado bastante profundo, y abajo el mar golpeaba con furia las rocas afiladas como lanzas. Habían escogido un día especialmente soleado y una brisa no demasiado fuerte hacía bailar los cabellos enmarañados del científico. Su ayudante le había ayudado a transportar su invento hasta aquel lugar. Siguiendo al pie de la letra las indicaciones que había anotado, fue conectand...