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Mostrando las entradas etiquetadas como Fantasía

Elvián en las Intrigas de la Corte (3): La Humillación

Capítulo 3: La Humillación Fleck era el hermano pequeño de Elvián, como ya deberéis saber, y era muy joven, aún más que el heredero al trono. Tenía un aspecto mucho más alegre que su hermano, con divertidas mejillas sonrosadas, una sonrisa casi perpetua y movimientos ágiles, pero sin caer en la cursilería de Elvián. Sin embargo, Fleck no era una buena persona. Era cruel, huraño y vengativo, y ansiaba por encima de todo el trono de su padre. Por eso no le había sentado nada bien la reprimenda que había recibido del rey por maltrato de caballos y amenazas de muerte. Pero hacia quien sentía mayor odio era hacia su hermano. Sabía que Elvián le había contado a Brath lo sucedido con Trueno, y se las haría pagar todas juntas. Al igual que Elvián, Fleck era muy hábil a la hora de empuñar la espada, aunque no tanto como su pariente. Sin embargo, él y su consejero, Zelius, habían maquinado un plan para humillarle. El aprendiz de Mago había consultado su manual de magia y había encontrado un hech...

Elvián en Las Intrigas de la Corte.- Capítulo 1: El príncipe Elvián

Capítulo I: El príncipe Elvián Hace mucho que había un gran reino llamado Parmecia, al norte del continente de Nortia. Sus costas eran bañadas por el mar Dorf, que antaño había formado parte del terrible Océano de la Desesperación, años atrás, en la Primera Edad. La economía del reino estaba basada en la pesca y en el comercio, y vivía tiempos de prosperidad en ambas actividades. El lugar era gobernado con magnanimidad y justicia por el bondadoso rey Brath, descendiente directo del rey Lood, un gran monarca que imperó un gran país llamado Turán en la Primera Edad. Brath era aconsejado por el gran Mago Astral, que pertenecía al Círculo del Ojo Rojo, el gran concilio de Magos que se celebraba en el que en otro tiempo fuera el país del malvado Rey Dragón, Rondor. Astral pertenecía a un escalafón inferior al Mago Rashmond, pero aun así era un hechicero a tener muy en cuenta. En cuanto a los habitantes de Parmecia, eran en su mayoría humanos, pero también había enanos y algunos elfos que an...

Las Tijeras

—Miguel —gritó su madre desde el salón, donde estaba haciendo unos bordados—, tráeme las tijeras del costurero. Miguel se levantó de la cama donde leía unos tebeos y salió de su cuarto. El costurero estaba encima del chinero de la cocina. Las tijeras reposaban sobre una mantilla que su madre había bordado, en lo alto de la canastilla. Al chico no le gustaban aquellas tijeras. Siempre que las cogía tenía una sensación extraña, pero no sabía decir de qué se trataba. En ocasiones, cuando las tenía en las manos, sentía que no era él, e incluso alguna vez se había desvanecido. Pero lo peor era el sonido. Cada corte producía un chasquido, y ese chasquido parecía hablarle, pidiéndole que las cogiese y metiese los dedos en sus dedales metálicos. Nunca lo había hecho. Le daban un miedo atroz. Para Miguel Fernández esas tijeras eran perversas.  

Santa Compaña

Llegaba tarde al autobús. Se había retrasado haciendo las maletas, y el bus que iba hasta la estación de trenes salía en unas dos horas. Teniendo en cuenta que el camino hasta la estación le llevaba unas dos horas y media, era imposible que llegase a tiempo para coger el tren a Coruña. Sólo veía una solución, atravesar el bosque. No le hacía mucha gracia, porque ya eran casi las once de la noche y le daba un poco de miedo, aunque él no era supersticioso ni creía en fantasmas. Conocía muy bien la leyenda de la Santa Compaña, pero para él no era más que eso, una leyenda. Xosé Pazos, que iba a empezar a estudiar en la universidad, cargó con una mochila y salió de la casa donde vivía con sus padres.  

El Hombre del Ojo de Cristal

La empresa en la que trabajaba su padre le había ofrecido un puesto de mayor responsabilidad y, por su puesto, salario. El nuevo destino se trataba de una ciudad pequeña y algo deprimente cuyo único atractivo era un fabuloso castillo, cuyo dueño era un misterioso personaje que rara vez se dejaba ver por las calles de la villa.  

El Cazador

El cazador miró detenidamente el camino que se adentraba en la espesura del bosque. Un poco más lejos, el camino desaparecía entre una espesa niebla. Detrás de él, los ansiosos aldeanos observaban con ojos aterrados tanto a la floresta como al hombre de hombros anchos que sostenía un rifle con ambas manos. Roberto García, el cazador, miró a los campesinos y esbozó una sonrisa casi imperceptible bajo su espesa barba. Vestía una raída chaqueta de lana, y dos tiras de cuero, una que partía del hombro derecho y la otra del izquierdo, se encontraban en el pecho. Tenían unos orificios por los que sobresalían el cilindro de plástico rojo de los cartuchos de la escopeta. Su atuendo estaba completo con unos pantalones de cuero marrón y unas gruesas botas de piel. Pero más que su aspecto, lo que asustaba a los aldeanos era el cruel y colérico carácter de Roberto. El cazador no era una buena persona. Para él, todos eran una molestia, tanto hombres como animales. Lo único con lo que parecía disfru...

El Contador de Cuentos

Hacía unos días que había llegado a la ciudad en la que vivo un cuentacuentos. Se decía que su forma de contar los cuentos era tan espectacular que pronto había adquirido fama. Yo al principio no estaba muy interesado, pero por el éxito desmesurado adquirido y por recomendaciones de amigos que habían llevado a sus hijos, decidí hacer un hueco en mi apretada agenda para tan curioso espectáculo.

Él

Javier Pérez se frotó los ojos para comprobar que lo que veía era verdad. Cuando sonó el timbre de su piso de Madrid, pensó que quienquiera que estuviese al otro lado de la puerta sería un vecino pidiendo algo de sal, el cartero trayéndole una carta certificada o, incluso, uno de esos malditos mormones que él tanto detestaba.