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Santa Compaña

Llegaba tarde al autobús. Se había retrasado haciendo las maletas, y el bus que iba hasta la estación de trenes salía en unas dos horas. Teniendo en cuenta que el camino hasta la estación le llevaba unas dos horas y media, era imposible que llegase a tiempo para coger el tren a Coruña. Sólo veía una solución, atravesar el bosque. No le hacía mucha gracia, porque ya eran casi las once de la noche y le daba un poco de miedo, aunque él no era supersticioso ni creía en fantasmas. Conocía muy bien la leyenda de la Santa Compaña, pero para él no era más que eso, una leyenda. Xosé Pazos, que iba a empezar a estudiar en la universidad, cargó con una mochila y salió de la casa donde vivía con sus padres.  

El Cazador

El cazador miró detenidamente el camino que se adentraba en la espesura del bosque. Un poco más lejos, el camino desaparecía entre una espesa niebla. Detrás de él, los ansiosos aldeanos observaban con ojos aterrados tanto a la floresta como al hombre de hombros anchos que sostenía un rifle con ambas manos. Roberto García, el cazador, miró a los campesinos y esbozó una sonrisa casi imperceptible bajo su espesa barba. Vestía una raída chaqueta de lana, y dos tiras de cuero, una que partía del hombro derecho y la otra del izquierdo, se encontraban en el pecho. Tenían unos orificios por los que sobresalían el cilindro de plástico rojo de los cartuchos de la escopeta. Su atuendo estaba completo con unos pantalones de cuero marrón y unas gruesas botas de piel. Pero más que su aspecto, lo que asustaba a los aldeanos era el cruel y colérico carácter de Roberto. El cazador no era una buena persona. Para él, todos eran una molestia, tanto hombres como animales. Lo único con lo que parecía disfru...